Prólogo de Te Cuento

El actor Luis Varela, leyendo 'Te Cuento' en la presentación en Madrid.

El actor Luis Varela, leyendo 'Te Cuento' en la presentación en Madrid.

Conocí a Adolfo en el patio, como él llama a Twitter. Siendo casi de la misma cosecha y después de haber sido vecinos de barrio madrileño durante años, tuvo que ser una red social la que nos cruzara los caminos. Si a Maduro se le aparece el pajarito de Chávez, a mí se me aparecía cada noche un curioso señor con pinta de rockero que regalaba versos a quien pasara por allí. Porque él no tuiteaba, hacía tuiteratura. Los 140 caracteres se le quedaban cortos en su inmensidad.

No es de extrañar que sin decir ni pío contara muy pronto con una legión de seguidores, entre los que me encontraba yo, muerto de envidia, pero atraído cada noche a su timeline para disfrutar de un momento de belleza antes de dormir. Y soñar.

Entre la maraña de expertos, todólogos, iluminados y exaltados defensores de causa perdidas, cosechadel66 era un oasis de palabras. Uno deseaba estar enamorado para poder repetir sus frases al oído de alguien aunque tuviera que confesar después que sólo era un retuit.

Decidí sin negarlo en ningún momento, y así se lo dije en persona la primera vez que compartimos barra de bar, a la madrileña como debe ser si hablamos de cañas, que sería su más fiel imitador. Pero en vano, pues quien copia sólo consigue demostrar la grandeza del copiado y su propia mediocridad. De nada sirvió que algunos párrafos de su biografía pudieran estar en mi historial delictivo: diseñador publicitario reconvertido a copywriter, palabra rimbombante que usan los que se dedican a escribir por dinero de cualquier cosa que se venda, quizá para tratar de vender cualquier cosa que se escriba.

Y como él, descubrí por fin que lo que importa no es de qué se escriba, sino por qué. Y Adolfo escribe por amor como los grandes. Amor a las letras, amor a la vida, amor a Madrid, y amor a su amada.

Años después, al convertirme en editor, sabía que necesitaba usurpar parte de su talento, invadir su timeline vital, y poner mi firma impostora en su trabajo. Así, al publicar la obra coral Doce Miedos (Pantaleimon, 2012) fue uno de los primeros autores a los que invité a participar, y él, generoso como es, aceptó sin miedo, con el suyo.

Ahora se cumple el siguiente de los sueños, que es prologar su cuarto libro en solitario, invadiendo su espacio nada más empezar tú, lector, a buscar sus historias. Y puestos a reconocer que soy un vulgar ladrón, utilizaré sus propias palabras para convenceros de por qué deberías leer de un tirón el resto del libro y olvidar cuanto antes su prefacio.

Sería capaz de empezar a fumar con tal de echarme Tres cigarritos con él. Aunque fuera un 14 de febrero, en Aquella casa, y recordar los Domingos al sol. Doña Paquita nos hablaría de El Asesino que robaba sueños y El extraño y rocambolesco caso del Hada de las Cucharas. Aquello daría para El Libro, Cuando Éramos jóvenes y valientes y nos atrevíamos con los Escritos. Un Gol se escucharía desde la radio por el patio de vecinos, mientras me contaba que Había una vez que había una vez, Hashimuri mediante en La casa de los mil sueños y el último beso, conoció La leyenda de Tuk y Yoq en Las Mejores navidades de su vida

Pura Magia, MiradasNo despiertes al dragón de los Olvidos. Sal al Paseo con el Pegamento para sueños rotos y dile al Pirata por favor que Puede que el siguiente.

Se dijeron adiós y él Se imaginaba el mar como El último encargo. Una carta, Una memoria de cojones, Una pareja de cine. Ya lo saben, Un cuento de dragones en Un Libro de tapas azules para Vacaciones.

Y entonces, se cayó una -m- con sabor a sal.

 

José Carlos León

Editor.

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